{"id":57,"date":"2016-11-07T18:18:07","date_gmt":"2016-11-07T18:18:07","guid":{"rendered":"http:\/\/www.aliterata.com\/blog\/?p=57"},"modified":"2017-07-25T14:47:38","modified_gmt":"2017-07-25T14:47:38","slug":"el-cerebro-el-enemigo-numero-uno-del-corrector-de-textos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.aliterata.com\/blog\/el-cerebro-el-enemigo-numero-uno-del-corrector-de-textos\/","title":{"rendered":"El cerebro, el enemigo n\u00famero uno del corrector de textos"},"content":{"rendered":"<p>Ocurre de vez en cuando que en una correcci\u00f3n de texto al corrector profesional se le escapa alguna errata. Cuando esto sucede y el cliente en cuesti\u00f3n pertenece al gremio editorial, en muchas ocasiones ni siquiera nos llama para comunic\u00e1rnoslo. Se trata de un hecho que se concibe como normal por parte de los profesionales del lenguaje, que conocen perfectamente la dureza de la labor de los que nos dejamos los ojos pegados a la pantalla varias horas al d\u00eda.<\/p>\n<p>Sin embargo, cuando una empresa de otro gremio cualquiera que ha contratado nuestros servicios descubre una errata, se encienden todas las alarmas. Y no voy a ser yo quien les niegue su parte de raz\u00f3n, y m\u00e1s teniendo en cuenta que uno de los axiomas propios de cualquier organizaci\u00f3n empresarial es la eficacia. Simplemente, una errata no entra dentro de su concepto productivo.<\/p>\n<p>Es en estos casos en los que nos vemos obligados a hacer un poco de pedagog\u00eda, eso s\u00ed, sin tirar balones fuera ni escudarnos en nuestros argumentos. Pero es necesario que nuestros clientes, todos y no solo los pertenecientes al \u00e1mbito editorial, entiendan en profundidad la tarea de un corrector de textos y las dificultades que tenemos que solventar en un proceso de correcci\u00f3n.<\/p>\n<p>En primer lugar, no podemos negar que el profesional, cuando se le recrimina una errata, se siente en cierto modo frustrado consigo mismo, y debe evitar trasladar este sentimiento en forma de enfado al cliente. Pero no deja de ser cierto que, como dice Pablo Valle en su libro <em>C\u00f3mo corregir sin ofender:<\/em> \u00abcuando hay una errata tipogr\u00e1fica en una p\u00e1gina, hay m\u00e1s de mil letras y espacios correctamente corregidos\u00bb. Para tomar conciencia de ello, no hay m\u00e1s que echar un vistazo al documento con el control de cambios activado y comprobar la cantidad de color rojo, las correcciones, que este presenta. El profesional no se frustra solo por haber cometido un fallo, sino porque ese fallo resalte entre tanto acierto, echando por tierra horas y horas de trabajo.<\/p>\n<p>Erratas hay en casi cualquier libro que puedas imaginar, el fallo puede hacer acto de presencia y persistir incluso despu\u00e9s de haber realizado las varias correcciones que se llevan a cabo en un proceso de edici\u00f3n. S\u00ed, incluso el Diccionario de la Real Academia Espa\u00f1ola, un\u00a0libro de consulta b\u00e1sico para\u00a0cualquier corrector de textos, contiene en su \u00faltima edici\u00f3n digital, tal y como se\u00f1ala C\u00e9sar Alcides en su <em>Fe de erratas no autorizada del DRAE,<\/em> m\u00e1s de 2700 erratas. Y esto en el libro editado por las m\u00e1ximas autoridades de la lengua del pa\u00eds.<\/p>\n<p>Pero \u00bfpor qu\u00e9 se le escapa al corrector una errata?, \u00bfcu\u00e1l es el principal enemigo del corrector? La respuesta es inquietante. Su propio cerebro.<\/p>\n<p>El cerebro humano, \u00f3rgano que procesa todos los est\u00edmulos que recibimos a trav\u00e9s de los sentidos, presenta una serie de mecanismos adaptativos que le permiten ahorrar energ\u00eda y destinarla a procesar otro tipo de datos. Uno de estos mecanismos es la automatizaci\u00f3n de procesos. Imagina que cada vez que tuvieras que andar tuvieras que hacerlo de forma consciente: levantar un pie, lanzar la rodilla hacia delante, calcular la posici\u00f3n de aterrizaje, medir la potencia del impulso, etc\u00e9tera. Ser\u00eda un esfuerzo tan tedioso que preferir\u00edamos permanecer sentados. Pues bien, esto mismo sucede con el procesamiento del lenguaje, un proceso mental altamente especializado y automatizado y que juega en contra del corrector.<\/p>\n<p>Estudios recientes llevados a cabo por miembros del Centro M\u00e9dico de la Universidad de Georgetown han\u00a0vertido\u00a0un poco m\u00e1s de luz sobre\u00a0un hecho que ya se conoce desde hace d\u00e9cadas:\u00a0el cerebro es capaz de descodificar eficazmente el lenguaje escrito incluso con una cantidad importante de errores, aun\u00a0sustituyendo por n\u00fameros las vocales. De hecho, en ocasiones solo basta con leer la primera y \u00faltima letra de una palabra para que el cerebro, teniendo en cuenta el contexto, anticipe una predicci\u00f3n referente a\u00a0cu\u00e1l es la palabra que debe aparecer y, autom\u00e1ticamente, la valida. Es por eso que podamos leer, con m\u00e1s o menos dificultad, mnsjes cmoo etse, o c8m8 3st3 8tr8.<\/p>\n<p>En realidad, lo que sucede con la palabra escrita es que el cerebro no tiene en cuenta cada graf\u00eda por separado, sino que hace un procesamiento de la imagen completa. Es decir, convierte en una imagen todas las palabras que va aprendiendo. De este modo, no necesita descodificar cada letra y unirla con la anterior y con la posterior, lo que ser\u00eda antiecon\u00f3mico para \u00e9l, sino que toma la palabra como una sola unidad de informaci\u00f3n en lugar de dividirla en m\u00faltiples unidades, como son las letras.<\/p>\n<p>Imaginad por un momento la tarea que debe realizarse en una correcci\u00f3n de textos. En ella, el profesional debe desactivar en la medida de sus posibilidades este automatismo tan potente, sobreponerse a lo que su propia naturaleza le indica y analizar cada palabra en busca del error m\u00e1s sutil. Esta labor requiere un alto grado de atenci\u00f3n y de entrenamiento mental, adem\u00e1s del consabido dominio de la lengua que se le supone. Luchar contra nuestro propio cerebro es una tarea dif\u00edcil, y no es de extra\u00f1ar que\u00a0en alg\u00fan momento asome\u00a0la cabeza el dichoso automatismo y d\u00e9 al traste con una correcci\u00f3n, hasta ese momento, impecable.<\/p>\n<p>A veces, y adem\u00e1s con mayor probabilidad, se pueden pasar por alto erratas incluso en textos destacados o en ep\u00edgrafes compuestos por una sola palabra, raz\u00f3n por la que el cliente suele recriminarnos la evidencia del error. Pero, si se tiene en consideraci\u00f3n\u00a0lo que he escrito hasta ahora, se comprender\u00e1 que este tipo de errores es m\u00e1s com\u00fan de lo que parece, ya que, como hemos dicho, el cerebro se impone, valida la imagen mental que se ha hecho de la palabra y te deja vendido ante las quejas.<\/p>\n<p>Este es, en fin, el pan nuestro de cada d\u00eda. Solo me queda, para terminar\u00a0como se debe\u00a0este art\u00edculo, pedir disculpas de antemano a todas las personas que contraten nuestros servicios y que encuentren alguna errata en sus correcciones. Aunque, sin querer sacar pecho, pero tampoco que se nos acuse de falsa modestia, les costar\u00e1 encontrarlas.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Ocurre de vez en cuando que en una correcci\u00f3n de texto al corrector profesional se le escapa alguna errata. Cuando esto sucede y el cliente en cuesti\u00f3n pertenece al gremio editorial, en muchas ocasiones ni siquiera nos llama para comunic\u00e1rnoslo. 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