Es curioso cómo, con el paso de los siglos, el imaginario colectivo transforma los mitos y desplaza los tradicionales significados de ciertas palabras. Cuando, en una de nuestras correcciones, encontré la palabra orco, descubrí que mi único referente para el término eran los míticos monstruos que J. R. R. Tolkien popularizó con la creación de su extensa y excelsa cosmogonía plasmada en sus obras literarias.

Sin embargo, Tolkien tan solo recogió este vocablo de la mitología clásica romana y lo actualizó. De hecho, en nuestro DRAE ni siquiera aparece la acepción que hace mención a las criaturas de Tolkien, como sí lo hacen los diccionarios ingleses, sino que, en su primera acepción, considera que orco es: ‘Según la Roma clásica, lugar, contrapuesto a la tierra, adonde iban a parar los muertos’. Es decir, el infierno. Este era precisamente el significado que quería darle a la palabra el autor al que estaba corrigiendo, nada que ver con un ser legendario, sino con un lugar mítico.

Igualmente interesante es su tercera acepción, donde nos indica que es sinónimo de huerco, un vocablo en desuso que designa a un diablo, a un monstruo. Probablemente, Tolkien, gran filólogo, conocía estos términos clásicos y cómo pasaron a la tradición inglesa mediante palabras como orcneas, derivada del orco postlatino, que en inglés antiguo significa ‘monstruos’.

Veremos cómo evoluciona orco, pero seguramente no estamos lejos de que la RAE tenga que incluir una nueva acepción, la que usamos jóvenes y no tan jóvenes para referirnos a alguien feo, pero que muy feo. Feo como un demonio.

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